jueves, 12 de abril de 2012

Mi mundo...

¿Qué hacer cuando tu mundo se derrumba poco a poco, pedazo a pedazo encima tuya? La culpa es mía, es mía por pensar de alguna manera que podría llegar a encajar en un mundo que está claro que no es el mío, en cierto modo mis musas me juegan una mala pasada ya que solo me hacen compañía cuando la soledad se cuela en mi interior, cuando decido rendirme y mi corazón empieza a tejer su bandera blanca para alzarla con fuerza acompañándola de las palabras “hasta aquí hemos llegado”.

Es ironía  que durante todo el año me salga humo del cerebro intentando escribir una sola frase y que tan sólo lo consiga cuando siento que todo por lo que he trabajado se me echa encima, solo cuando las lagrimas asoman en mis ojos intentando desesperadamente salir de su cárcel, ser libres y correr, correr por su camino hacia la libertad humedeciendo mis mejillas y creando un sentimiento de angustia en mi interior. Pero ¿existe alguna solución? No sé cuál es mi mejor opción, el silencio o las palabras son demasiado distintos como para decidirse por uno de ellos con los ojos cerrados, necesito desesperadamente desatar los nudos de las vendas que cubren mis ojos y aunque no son pocas cuando cae una siento que veo mejor que antes.

Es extraño cuando te sientes parte de un mundo el que las personas se clasifican en “normales” o “raritas” y te das cuenta de que te sientes normal y sonríes porque nadie va a etiquetarte por ser como los otros siempre y cuando midas tus palabras y no digas nada que pueda alertar a los que te rodean de que te desvías del camino “correcto” es entonces cuando empiezas a sentir que pierdes el sentido auditivo, porque ya no hablan contigo, sino de ti y es ahí cuando te das cuenta de que tu propio mundo normal que habías fabricado y en el que te podías refugiar se ha convertido en rarito para los ojos de los demás y ya no es tu mundo, pasa a ser el mundo de todos, una comidilla de la que hablar durante días, semanas e incluso meses hasta que llegue otra víctima que lo haga igual o peor que tu.

Está claro que si en algún momento nos sentimos felices solo existen dos opciones, o te estás auto engañando o simplemente tu felicidad es el comienzo de tu desdicha.

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