Una vez me contaron que para tomarse la vida en serio
había que sufrir. No les creí y aquí estoy ahora, escribiendo unas líneas para
decir que era cierto.
Un día cualquiera me hallaba dando mi característico
paseo por la calle. A la vez que observaba a la gente, escuchaba música a todo volumen
por mis cascos. Gente de diversa índole pasaba junto a mí sin inmutarse
siquiera de mi presencia, y mucho menos de que yo los observaba. Algunos reían
y otros tenían la expresión seria, me di cuenta entonces de la tendencia que
tenemos a crear prejuicios sobre lo que otros piensan y sienten. Podría haber
deducido que la sonrisa de aquella mujer era de felicidad, pero existen muchos
tipos de sonrisas, las que son fruto de los nervios, las de tristeza…
Comencé entonces a imaginar que el suelo por donde pisaba
eran grandes piezas de puzle, que a mi alrededor tan sólo había niebla y a mi
espalda una gigantesca pieza de puzle que yo tenía que encajar si pretendía
continuar avanzando. Se trataba de un juego difícil, tenía que pensar bien
donde colocaría las piezas y de qué forma para evitar que me dirigieran hacia
un destino distinto al mío. Sentí entonces que estaba cerca de mi infancia,
cuando jugaba a imaginar que estaba en sitios donde no estaba y a veces cuando
intento volver a aquellos juegos que tanto me gustaban me decepciona que ya no
me diviertan.
Numerosas han sido las veces que me han dicho que soy
diferente, pero se que realmente no lo soy tanto como me gustaría ser. Muchos pensarán
que felicidad es actuar como todos esperan que actúes, recibir halagos, no
cometer ningún error… Hasta yo misma puedo pensar que felicidad es eso, pero ¿qué
tiene de interesante la vida si todos somos perfectos? No me gusta equivocarme
pero cuando lo hago intento se mejor, no me gusta ser torpe pero si lo soy
intento aprender. Estamos hechos para chocarnos
con una pared hasta destruirla y una vez rota pasar sus escombros y
seguir avanzando. Cada persona elige su camino en función de sus actos sin tan
siquiera ser consciente de ello, ni yo misma, que estoy escribiendo esto, sé a
ciencia cierta quién soy y por qué lo estoy haciendo. Tan solo sé que algún
día, todo lo que he vivido y todo lo que viví ayer tendrá sentido y utilizaré
ese sentido para aconsejar a los que aún no se encontraron a sí mismos.
Una vez me dijeron que debía ser fuerte. Fuerte para lo
que nos acontecería, fuerte para afrontar las cosas, fuerte para encontrar
soluciones. Lo raro e incomprensible es que se suele ser débil y se suele encontrar
soluciones a los problemas ajenos en vez de a los propios. Solemos implicarnos
más en la vida de los otros intentando cambiarla y mejorarla mientras vemos a
través de una pantalla como se destruye la nuestra. A veces me pregunto cómo
hemos llegado a convertirnos en lo que ahora somos.
Una vez pensé que la vida es como un reloj de arena en la
que lentamente, grano a grano se nos acaba el tiempo. Y nosotros, en vez de
disfrutar nos dedicamos a intentar salvar, sin éxito alguno, pequeños puñados
de arena que inevitablemente terminarán por desaparecer algún día junto a los
otros y junto a nosotros.
Y después de éste mejunje, y después de éste sin sentido,
ya no me queda nada más que decir.
