jueves, 31 de mayo de 2012

Imagina...


Imagina que un día abres los ojos y no puedes respirar, imagina que te das cuenta que estas sumergida bajo el agua y no tocas fondo, pero tampoco llegas a la superficie. Eso significaría que tus pulmones están llenos de agua, ¿Qué has hecho? ¿Por qué respiraste mientras te hundías? ¡No eres un pez! ¡Y tu eso lo sabes! Y mira de lo que te ha servido, estás ahí , en medio de la nada y todo está oscuro y así pasan días y días y no te mueves porque ¿para qué? ¿de qué serviría hacerlo? Nada va a cambiar y por eso no te molestas en buscar una salida, pero es entonces cuando de repente, después de mucho tiempo, parece que un rayo de luz se filtra entre las oscuras aguas que te rodean y aunque es débil decides acercarte un poco para asegurarte de que no es fruto de tu imaginación. Mueves brazos y piernas y nadas, nadas hacia la luz pero te cansas y el camino se te hace interminable, entonces decides esperar al día siguiente para nadar un poco más y con el paso de los días vas avanzando hacia la luz cada vez más hasta que llega el momento en el que sin darte cuenta sacas la cabeza del agua y respiras de nuevo.

Buscas entonces algo de tierra en la que poder descansar, piensas que tu viaje ha finalizado, pero en el fondo sabes que no es así,  por eso sigues nadando sin rumbo hacia algún lugar buscando tierra y confiando en tu suerte. Y pasan los días y las semanas y vas perdiendo la esperanza, piensas que tu vida consiste en nadar y nadar pensando que algún día encontraras una pequeña franja de tierra hasta que sin más, te encuentras con ella.

Nadas hacia la pequeña isla y te adentras entre los árboles, caminas sin rumbo, te parece que el bosque es exactamente igual por todos lados y de repente te topas con un muro, un muro liso e impecable en el que la palabra dieta es impensable, supones que por algún sitio debe haber una forma de cruzarlo y buscas y buscas hasta que encuentras una puerta encajada que se abre y se cierra con el viento y te quedas ahí mirándola fijamente y pensando que habrá detrás de ella, aunque en el fondo lo sabes, piensas en qué pasará si decides cruzar al otro lado y entonces decides hacer un refugio con ramas y hojas cerca de la puerta, sabiendo que tras ella hay cosas que conoces ya pero que si cruzas te arriesgaras también a encontrarte cosas que han cambiado y de repente sientes miedo, miedo porque no sabes que hacer, la puerta sigue abriéndose y cerrándose y el ruido no te deja dormir, no quieres abrirla por miedo pero tampoco cerrarla y quedarte al otro lado para siempre porque sola nada ni nadie te hace daño. Entonces un día de repente la puerta se abre un poco y te asomas y miras con añoranza aquello que conocías, el acantilado por el que un día te caíste, ves también las flores que solías recoger e intentas empujar la puerta pero ésta no cede, lo haces con todas tus fuerzas, tienes claro que quieres volver a lo conocido, lo añoras, lo necesitas, quieres estabilidad, olvida los altibajos, empezar de cero, pero la puerta te deja pasar, y tal y como se abrió de repente sin más, con el ruido de un portazo sordo se cierra. Gritas, lloras, te lamentas, te sientes utilizada y sales corriendo, corriendo hacia quién sabe dónde, sólo sabes que debe ser lejos, muy lejos y conforme pasa el tiempo piensas que quizá fue bueno que la puerta se cerrara porque ¿quién dice que no te acercarías al acantilado y volverías a caer?